Y ahora aquí se oye el silencio. Después llegará el sol. Y con el sol, el día.Y con el día la separación. No hay crueldad en el destino. Solo en los que lo maldicen. Pero verdad es que el día no fue hecho para los amantes de la noche. Ni la noche misma fue hecha para espíritus tranquilos y complacientes. Así que seamos justos. Seamos justos con los trigales de oro, con los helados de fresa y coco y con la risa de los niños que juegan en la arena... seamos ecuánimes con el sudor que se te pega a las sábanas, con el zumbido de las cigarras, con la espuma de cálidas olas que acarician tus rodillas y con el viento seco que azota tu cara... seamos bondadosos con la música alta, con las alucinaciones alcohólicas, con el contínuo murmullo de fiesta y el chamuscado olor de los fuegos de artificio... ¿Aprecias como el sol cae a plomo sobre tu cabecita?, ¿sientes como tu piel se enrojece y escuece?, ¿percibes como tu libido está por las nubes y acaba de liberarse de los sótanos?...
... Psss, ¿no lo oyes?, justo a tu lado... es el crepitar de las brasas de mi fogata... ¡oh!, ¡lo huelo! Es esa fragancia que tu cabello solo desprende por la mañana. Seamos justos con el silencio y con esas nuevas voces que se nos aproximan, tarareando musiquillas que no son secretas... aun. Notas como cada vez son más altas y más claras. Seamos justos con la noche que nos ha abandonado y limitemonos a despertar de este sueño onírico que del todo nos pertenece. Un, dos tres, ¡DESPIERTA!
Nedjma

lunes, 13 de septiembre de 2010

EL VIGILANTE

(A Lovecraft)



La luz de la vela se está consumiendo poco a poco y puede que perezca antes de que acabe mi relato. Apenas puedo descifrar mi escritura entrecortada y he de suponer que la culpa es de este dichoso temblequeo fruto del pánico que corroe todo mi cuerpo. Hace solo unas horas que me encuentro en la misma posición, agazapado, escondido bajo mi escritorio. La situación que me ha llevado hasta aquí es de lo más irónica.


Procedo de una buena familia de Providence, bastante acomodada y me trasladé a Arkham hace tres años para acabar mis estudios en la Facultad de Ciencias de Miskatonic. Siempre me han ofrecido la misma habitación de la pensión Boltzman, la número seis de la segunda planta, resultándome más cómoda la estancia aquí. Me siento como en casa y entretengo mis horas muertas observando a mi vecino por una apertura de la pared producida por la humedad.

Los pasados años fueron más aburridos, pero el nuevo inquilino tiene algo que lo hace misterioso. Su aspecto es peculiar, su cabello enmarañado y barba poco rasurada contrasta estoicamente con los trajes de chaqueta que usa. Estudia filología, lo sé porque he visto sus apuntes sobre la estantería. Y allí fue donde observé esos tomos de portada carcomida en cuyo lateral venían títulos indescifrables por la rareza del idioma.

Soy poco docto en estos temas pues estudio ciencias, así que los copié y los mandé traducir a un buen amigo mío. “El libro de los esplendores” es uno de ellos, y el otro, el que más usaba se llama “Dogma y ritual de la alta magia”. Los busqué por las bibliotecas y al no hallar rastro alguno, los encargué a las librerías más caras de la zona. Ninguna dio con ellos a pesar de la importante suma de dinero que ofrecí por aquellos ejemplares.

No saciada mi curiosidad me dediqué a vigilar durante más horas las actividades de mi vecino a través del agujero de la pared. Me obsesioné con observarle en su nocturna vigilia. Se pasaba las noches en vela, musitando bajo la mustia luz de un candil, farfullando frases ininteligibles de esos libros que leía, divagando en voz alta, coreando secuencialmente lo que cifraban esos antiguos manuscritos. A pesar del cansancio que me producía estar ocupado todas las mañanas con mis clases en Miskatonic, memoricé sus noctámbulas pautas sin problema pues mi vecino durante el día descansaba.

Pero anoche sucedió algo extraño, ese chico tenía una mueca en su cara en forma de triunfo, sonreía como si hubiera encontrado la respuesta al acertijo y aquellas palabras, que siendo las mismas que había repetido las noches anteriores sonaron diferentes, guturales y sobrenaturales. Entonces las oí claramente por toda mi habitación, esas palabras lo poseyeron todo, deformaron las dimensiones de las cosas y unas sombras triangulares, cuadradas y octogonales danzaron discretamente en torno a mi cuerpo tembloroso, me pareció sentir como el eco de esas malditas palabras se intentaba abrir paso en mi interior. El espectáculo fantasmagórico cesó cuando el viento helado entró por la ventana que había dejado abierta, extinguiendo la luz de mi vela. Temí encenderla de nuevo y que mi vecino pudiera sorprenderme. La apertura de la pared no era demasiado pequeña y podría percatarse de mi espionaje ya que a esas alturas había apagado la luz de su candil. Así que me dispuse a acostarme, intranquilo pero manteniendo mi anonimato.

Esta mañana mi vecino no se encontraba como de costumbre descansando en su habitación. Me extrañó que estuviera vacía pero seguidamente tuve que marchar a la universidad para retomar mis clases.

A las ocho ya había anochecido y yo estaba de regreso en mi estancia, deseando observar por la oquedad. Cerré la ventana, asegurándola con los postigos para evitar indeseados incidentes y encendí la vela. Giré la llave de la puerta tras haber ordenado a la señora Boltzman, la casera, que nadie me molestase.

Entusiasmado y cobijado por la intimidad de mi cuarto miré a través del agujero y cual fue mi sorpresa al ver al otro lado un ojo que me observaba. Un ojo amarillento, extremadamente grande, con dos pupilas y un iris enrojecido. De él surgían pequeñas pústulas de las que emergía un líquido grisáceo y maloliente que comenzó a caer por el hueco de la pared hacia mi habitación, mientras aquel enorme ojo pestañeante me seguía observando. Mis músculos se contrajeron, no pude gritar, ni siquiera lo intenté, estaba demasiado atemorizado para pensar. La señora Boltzman no vendría, tenía ordenes concisas, no me molestaría hasta la mañana siguiente que acudiría a despertarme. Nadie vivía en la segunda planta salvo mi vecino y yo. Estábamos solos, ese abominable Ser de dimensiones desconocidas, ese Ser indescriptible del cual solo alcanzaba a ver su enorme ojo, ese Ser acechante y yo.

El líquido se filtraba incesante y desprendía un olor putrefacto que me embriagaba, era el olor del Miedo.

Formó un charco en el suelo que iba avanzando por momentos hacia mis pies. Sufrí un escalofrío horrible imaginando el tacto de aquel líquido lacrimal y me escondí bajo mi escritorio, el único lugar de mi habitación desde donde no vislumbro esa imagen que me vigila. Pero se que está ahí, le huelo y le escucho respirar...

...¡Fui yo quien pronunció aquellas palabras ininteligibles!, ¡las recité anoche, yo, curioso e inconsciente de tantas noches en vela!. Y ahora ese Ser tras el agujero agonizante espera mis órdenes.

Nedjma

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